Mostrando entradas con la etiqueta Ficciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ficciones. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de mayo de 2018

#OTOÑO


Me gusta el otoño
menos pretencioso que el verano
más conservador que el invierno
lo opuesto a lo artificial que ofrece la primavera.

Tiene el otoño una valentía especial:
desnuda impúdicamente su fragilidad

Árboles que asumen la pérdida de sus hojas
sin tragedia ni rencores
hojas que lucen orgullosas sus arrugas
veredas que por fin dejan de ser grises

Las medias altas
los pies cubiertos
el corazón tibio

todo eso es el otoño:

El sol oblicuo
un refugio de lana
una canción ni muy rápida ni muy lenta

Un conjunto de posibilidades
una oportunidad certera
de sobrevivir.


martes, 5 de agosto de 2014

Mientras oscurece

Te besaría.
Si no hubiese tanta gente a nuestro alrededor, te besaría.


No debo haber escuchado bien, piensa.
Pero sí. Sabe que sí, que escuchó bien. 
La voz firme, la voz baja, la voz cerca, la voz prohibida.
No pudo contestar.
La vergüenza. La timidez. El límite. 

Sobre todo el miedo.


Habré escuchado bien?
Seguro que no. Lo debo haber inventado.

Un invento no es un deseo oculto. No siempre. 

Un invento no es un deseo oculto. No siempre. 
Un invento no es un deseo oculto. No siempre. 
Un invento no es un deseo oculto. No siempre. 
Un invento no es un deseo oculto. No siempre. 


No esta vez. Esta vez un invento es un invento.
No hay eufemismos. Un invento a secas.
Algo que le pareció que él pronunciaba pero no.
algo que ella hubiese deseado escuchar pero no.
Seguro que no fue nada.


Un invento, un desvarío, una frase ficticia que le alcanzó para buscar las respuestas que no logra darse, una versión que pueda convencerla, en realidad, engañarla; un discurso que la ayude a alejarse de eso que está sintiendo, que la obligue a reaccionar, a despegarse, a hablar, a huir, mientras el cielo oscurece, no responde, no replica, no cuestiona, oscurece violáceo sin tabúes y sigue pensando, repitiendo, preguntando, olvidando. Cientos de kilómetros así hasta que por fin es de noche y todo parece haber quedado atrás.

martes, 16 de abril de 2013

Bicho canasto


Bicho Canasto       
                                                                                               Agustín Mario Ruiz Peña.
In memoriam
                                              
La primera vez que vi un muerto tenía quince años. El muerto. Yo tenía trece. De ese año, del noventa y ocho, sólo recuerdo ese día. Hago el intento, busco títulos de canciones, películas, ropa de moda (¿se usaría el vestido de jean?), y no encuentro. Nada. Soy incapaz de arriesgar qué materias aprobé y cuáles me llevé a diciembre. Tampoco sé a qué le tenía miedo, si es que a esa edad se le tiene miedo a algo. Sin embargo, me acuerdo de la charla que tuve con Agustín y de la apuesta que hicimos. Ahora que lo escribo me doy cuenta de que hubiese querido recordar todo el año y olvidar para siempre ése día, aunque después, más adelante, me contradiga. Recuerdo que era viernes porque a la noche daban Rompeportones, y que era fin de semana largo, porque veinticinco de mayo caía sábado. También que fue, ése, el único viernes de sol de aquel mayo.

La directora interrumpió la clase de geografía, en plena explicación sobre el movimiento de las placas tectónicas, para decir que necesitaba una alumna que hiciera de cocinera. El acto lo está organizando tercer año, dijo la directora, pero la que se había postulado para ese papel se enfermó. A las chicas de primero nos gustaban los chicos de tercero. Algunos fumaban, tenían pelo largo y aritos en las cejas que durante las clases se tapaban con curitas. En las horas libres las chicas de primero desfilábamos por el pasillo del aula de los de tercero y subíamos y bajábamos, una y otra vez, la escalera que daba a la puerta para que nos vieran las calzas que llevábamos debajo del Jumper. Todos los viernes, a la salida del colegio, solíamos quedarnos en el kiosco de la esquina para esperarlos e intentar hablar con ellos. Pocas veces lo conseguíamos: a los chicos de tercero les gustaban las chicas de quinto.

Fui la primera en levantar la mano y la última en sumarme al ensayo. Parecía el doble de grande el gimnasio: dos gimnasios de los de siempre. Era desconcertante verlo así: no había red y los aros de básquet estaban amontonados contra la puerta del baño. En el centro, unos bancos ordenados en forma de cruz, con bandejas de empanadas y pastelitos. El olor a frito se sentía desde el patio.

El ensayo era casi tan serio como la cara de nuestro rector: sobre el escenario, sentados alrededor de una mesa con un mantel rojo de una tela que encandilaba de tan brillante, estaban los cinco actores principales: Saavedra, Paso, Moreno, Belgrano y Castelli. Me costó identificar a Agustín: tenía patillas (parecían reales a pesar de ser maquillaje), saco negro y pañuelo blanco en el cuello. Pero no era el único con ese vestuario: todos parecían ser la misma persona. Lo reconocí por los hoyuelos al costado de la boca cuando me sonrió por primera vez. Era común escuchar hablar a mis compañeras sobre la sonrisa de Agustín: Agustín y sus hoyuelos, Agustín y su irresistible dulzura. A mí me parecía lindo, Agustín, pero decía ¡qué exageradas! cada vez que las escuchaba hablar de él y sus hoyuelos y su sonrisa. Y después de esa tarde, después de la sonrisa dedicada, mis compañeras dejaron de parecerme exageradas y ¡qué olor a frito! fue lo único que se me ocurrió decirle a Agustín cuando se acercó a hablarme. Lo había visto bajar del escenario y caminar hacia donde yo estaba. Pero creía que en algún momento iba a desviarse. Ahí viene, se desvía, viene para acá, se desvía, está por llegar, no se desvía. Se acerca y me sonríe. Por segunda vez. Después dice que él no siente olor a nada y me pregunta por qué estoy ahí, por qué participo del acto si estoy en primero y yo pensé en decirle la verdad, que estaba reemplazando a la cocinera porque se había enfermado, o mejor, que quería estar entre los de tercero, pero terminé diciéndole que me había colado en un casting que había improvisado la directora en el laboratorio y que había sido seleccionada para ese papel. Me pidió si podía guardarle un pastelito de membrillo. Le pregunté qué me daba a cambio. Agustín sonrió. Se le hicieron hoyuelos. Y en ese momento hicimos una apuesta.

Se acercaba la hora del acto y los cursos se iban ubicando por fila, de primero a quinto, frente al escenario. La primera fila estaba reservada para los directores. Los próceres repasaban la letra en bambalinas. Yo no repasaba nada porque mi papel era mudo. Lo único que tenía que hacer era  repartir pastelitos cuando todos firmaran el famoso acuerdo. Las maestras repartían escarapelas. El hijo de Nelly, la portera del turno mañana, se robaba las empanadas a escondidas y las vendía en el patio a un peso. Los padres de los chicos que actuaban hacían cola para ingresar al gimnasio y le compraban las empanadas al hijo de Nelly. Agustín estaba vivo y en ese momento era Castelli, y aunque Castelli estuviese muerto desde hacía doscientos años nadie sospechaba que dentro de cinco horas iba a morirse por segunda vez.    

Pasado el mediodía el acto había terminado: los próceres, contentos, las maestras, orgullosas, los alumnos, aburridos, las empanadas, vendidas. El hijo de Nelly, en penitencia. Las de primero ya estaban en el kiosco de la esquina esperando a los de tercero que tardaron en salir por las felicitaciones y el maquillaje. Los padres, amontonados en el portón verde, y las escarapelas y los alfileres desparramados por la vereda. Agustín y yo fuimos los últimos en salir y llegar al kiosco.

-¿Es verdad que te dicen bicho canasto?
-¿quién te dijo eso?
-ah, viste que es verdad.
-no es verdad
-¿y por qué te pusiste colorado?
-porque me da el sol
-Dale, bicho
-no me digas bicho
- ¿canastito?
-¡menos!
-bueno, no te enojes. Te queda lindo el apodo.
-me tengo que ir
-¿nos vemos el lunes?

Entre la una y las seis de la tarde mi recuerdo se parece al del resto del año. Hay un hueco y es blanco. Se desdibujan las caras y las voces. No hay música. Seis horas de película velada. Recuerdos como pedacitos de papel glasé que fueron hechos con un punzón demasiado irregular. La barrera baja, el sonido de la alarma, gente amontonada en la estación protestando por la demora del tren, el tren siempre se retrasa cuando uno está apurado, y siempre estamos apurados, cabezas que salen por las ventanillas del tren para ver qué pasa, y cinco minutos, diez minutos, veinte minutos y la barrera sigue estando baja y yo sólo quiero cruzar, ir de oeste a este, como todas las tardes, y pienso en hacerlo igual, en cruzar aunque la barrera esté baja y suene la alarma porque nosotros, los vecinos del barrio con división política, estamos acostumbrados a cruzar con la barrera baja, con la luz roja, con la alarma que no deja de sonar, porque seguro que se activó sola o antes de tiempo porque pasó lo mismo ayer y la semana pasada y ahora el tren está ahí, detenido en la estación y están los bomberos, hay un autobomba, y alarma de bomberos y avanzo y cruzo y el tren sigue detenido y llego al otro lado, al este, y me encuentro con esa chica linda de quinto que me dice ¿viste qué horror?

Le decían bicho canasto porque cuando nació era negrito y peludo pero yo no me enteré de eso hasta el día siguiente. Estar en el colegio un sábado a la mañana era raro. Pero más raro era ver una fotografía de Agustín y su nombre completo, Agustín Mario Ruiz, en un cartel pegado en el portón verde, y el kiosco cerrado y yo ahí, y Nelly con los ojos llorosos y sin su hijo; el dolor de panza y las ganas de vomitar, el mareo por el olor de las flores. Mi mano dejando una tira de mielcitas al lado del cajón.  

jueves, 28 de junio de 2012

Para qué?


Cuando dije que quería saberlo todo quería saberlo todo. Estaba pidiendo que me contaras todo, las verdades y las mentiras, sin ningún matiz, con todos los detalles que tienen que tener  las mentiras que más duelen.
Quería, necesitaba, conocer qué tan miserable habías llegado a ser. 
Que me ayudes a terminar con la agonía de no saber del todo quién eras, quién habías sido mientras estuvimos juntos. Estaba pidiendo que mates aquel que fuiste para poder verte, resucitado, en ese que prometías convertirte.  
Quería dejar de jugar al detective. Escuchar de tu boca las palabras que siempre temí escuchar.
Confirmar o rectificar mis sospechas, sorprenderme ante tantas otras que no advertí.
Aprender a creer en vos porque ya lo sabía todo. 
Pero no pudiste.
Fuiste piadoso, selecto, quirúrgico, cobarde.
Dijiste que no estabas enamorado de mí.
Pero no fuiste capaz de admitir tus bajezas.
No te dio el estómago para decirme lo que de verdad había pasado.
Nunca hablaste de ella.
Nunca te desenmascaraste del todo.
Y así, semi cubierto semi desnudo, como siempre, creí en vos.
Y ahora que ya no sos el que fuiste, ahora que -decís- sos nuevo, es tarde para hacer duelos y sacar conclusiones.

martes, 24 de enero de 2012

Decís te extraño.
Y en lugar de conmoverme, de seguir el impulso que cualquier persona con sentimientos seguiría, y escribirte un mensaje, me pregunto cómo podes extrañar la peor versión de mí.
Qué extrañas?
No poder dormir bien con vos a mi lado?
No poder progresar?
No escucharme decir nunca que sos mi novio?
No pensarte, no extrañarte, no desearte, eso extrañas de mí?
Lo que no fuimos, lo que nunca voy a sentir por vos. Eso?
Las notas que no te dejé deseándote buen día?
Las veces que no te acompañé?
Los consejos que no supe darte?
La mudanza que no sucedió?
Qué extrañas?
Por qué?
Lo lamento.

martes, 15 de noviembre de 2011

Invitaciones superfluas

Querría que vinieras a mi casa una noche de invierno y que, abrazados tras los cristales, mientras miramos la soledad de las calles vacías y heladas, recordásemos los inviernos de los cuentos, donde vivimos juntos sin saberlo. Por los mismos senderos encantados pasamos de hecho tú y yo con pasos tímidos, juntos caminamos a través de los bosques llenos de lobos, e idénticos genios nos espiaban desde las matas de musgo suspendidas de las torres, entre el revoloteo de los cuervos. Juntos, sin saberlo, desde allí quizá miramos ambos hacia la vida misteriosa que nos aguardaba. Allí palpitaron en nosotros por primera vez locos y tiernos deseos. «¿Te acuerdas?», nos diremos uno a otro, estrechándonos suavemente en la cálida estancia, y tú me sonreirás confiada mientras fuera suenan lúgubremente las planchas de metal sacudidas por el viento. Pero tú –ahora me acuerdo– no conoces los cuentos antiguos de los reyes sin nombre, de los ogros y los jardines embrujados. Nunca pasaste, embelesada, bajo los árboles mágicos que hablan con voz humana ni golpeaste a la puerta del castillo desierto ni caminaste de noche hacia la lumbre que está muy muy lejos ni te dormiste bajo las estrellas de Oriente, acunada por la piragua sagrada. Tras los cristales, en la noche de invierno, probablemente permaneceremos mudos, yo perdiéndome en los cuentos muertos, tú en otros cuidados para mí desconocidos. Yo preguntaría «¿Te acuerdas?», pero tú no te acordarías.
Querría pasear contigo un día de primavera, con el cielo de color gris y con el viento arrastrando todavía por las calles alguna hoja rezagada del año anterior, por los barrios de las afueras; y que fuese domingo. En esos lugares surgen a menudo pensamientos melancólicos y grandes, y en ciertas horas vaga la poesía, uniendo los corazones de los que se aman. Nacen además esperanzas que no se saben expresar, propiciadas por los horizontes inmensos de detrás de las casas, de los trenes que huyen, de las nubes del septentrión. Nos cogeremos de la mano sin más y caminaremos a paso vivo, diciendo cosas tontas, estúpidas y entrañables. Hasta que las farolas se encenderán y de las tristes casas de vecindad saldrán las historias siniestras de las ciudades, las aventuras, las soñadas novelas. Y entonces callaremos, siempre cogidos de la mano, pues nuestras almas se hablarán sin palabras. Pero tú –ahora me acuerdo– nunca me dijiste cosas tontas, estúpidas y entrañables. Ni puedes amar, por tanto, esos domingos que digo, ni tu alma sabe hablar a la mía en silencio, ni reconoces en el momento justo el encanto de las ciudades ni las esperanzas que bajan del septentrión. Tú prefieres las luces, la gente, los hombres que te miran, las calles donde dicen que se puede encontrar la fortuna. Tú y yo somos diferentes, y si vinieras a pasear ese día dirías que te cansabas; sólo eso, nada más.
Querría también ir contigo de veraneo a un valle solitario, riendo continuamente por las cosas más tontas, a explorar los secretos del bosque, de los caminos blancos, de ciertas casas abandonadas. Pararnos en el puente de madera a contemplar el agua que corre, escuchar en los postes del telégrafo aquella larga historia sin fin que viene de una punta del mundo y quién sabe dónde irá. Y coger flores de los prados y allí, tumbados sobre la hierba, en el silencio del sol, contemplar los abismos del cielo y las blancas nubecillas que pasan y las cumbres de las montañas. Tú dirías «¡Qué bonito!». No dirías nada más porque seríamos felices; nuestro cuerpo habría perdido el peso de los años, nuestras almas estarían rejuvenecidas, como si acabaran de nacer.
Pero tú –ahora que lo pienso– mirarías, me temo, alrededor sin entender, y te detendrías preocupada a examinarte una media, me pedirías otro cigarrillo, impaciente por volver. Y no dirías «¡Qué bonito!», sino otras cosas insustanciales que a mí nada me importan. Porque desgraciadamente eres así. Y no seremos felices ni siquiera un instante.
Querría también –déjame decírtelo– atravesar contigo del brazo las grandes avenidas de la ciudad un atardecer de noviembre, cuando el cielo es de puro cristal. Cuando los fantasmas de la vida corren sobre las cúpulas y rozan a la gente oscura que va por el fondo del foso de las calles, ya colmadas de preocupaciones. Cuando recuerdos de edades dichosas y nuevos presagios pasan sobre la tierra dejando tras de sí una especie de música. Con la ingenua soberbia de los niños miraremos las caras de los demás, miles y miles, que pasen a torrentes a nuestro lado. Nosotros despediremos sin saberlo un resplandor de júbilo y todos se verán obligados a mirarnos, no con envidia ni mala intención, sino sonriendo ligeramente, con ánimo bondadoso, gracias a la noche, que cura las debilidades del hombre. Pero tú –lo sé bien–, en vez de mirar el cielo de cristal y las aéreas columnatas iluminadas por el último sol, querrás pararte a mirar los escaparates, las alhajas, el dinero, las sedas, esas cosas mezquinas. Y no repararás por tanto ni en los fantasmas ni en los presentimientos que pasan, ni te sentirás, como yo, llamada a una suerte de la que ufanarte. Ni oirás esa especie de música ni entenderás por qué la gente nos mira con benevolencia. Tú pensarás en tu pobre mañana y en vano por encima de ti las estatuas de oro de las agujas levantarán sus espadas a los últimos rayos. Y yo estaré solo.
Es inútil. Tal vez todo esto sean tonterías y tú mejor que yo sin pretender tanto de la vida. Tal vez tengas razón y sea una estupidez intentarlo. Pero al menos –eso sí, al menos– querría volver a verte. Sea como sea, estaremos juntos de algún modo y hallaremos la felicidad. No importa si de día o de noche, en verano o en otoño, en un pueblo desconocido, en una casa desnuda, en un triste hostal. Me bastará tenerte junto a mí. No estaré allí –te lo prometo– para escuchar los crujidos misteriosos del techo ni miraré las nubes ni haré caso a las músicas ni al viento. Renunciaré a esas cosas inútiles que yo, sin embargo, amo. Tendré paciencia si no entiendes lo que te digo, si hablas de cosas ajenas a mí, si te quejas de la ropa vieja y del dinero. No estarán allí eso que llaman poesía, las esperanzas comunes, las tristezas tan queridas del amor. Pero te tendré junto a mí. Y conseguiremos, ya lo verás, ser bastante felices, con mucha sencillez, hombre y mujer solamente, como pasa en todas partes del mundo.
Pero tú –ahora lo pienso– estás demasiado lejos, a centenares y centenares de kilómetros difíciles de franquear.
Tú estás dentro de una vida que desconozco, y a tu lado están los otros hombres, a los cuales probablemente sonríes, como a mí en otros tiempos. Y poco tiempo ha hecho falta para que te olvidaras de mí. Probablemente ni siquiera alcanzas a recordar mi nombre. Yo ahora ya he salido de ti, perdiéndome entre las innumerables sombras. Y, sin embargo, no hago más que pensar en ti, y me gusta decirte estas cosas.


Dino Buzzati

martes, 23 de agosto de 2011

el comienzo del relato sin rumbo ni gracia

Explíquese el disparate del paseo en bicicleta. Lo digo así, a secas, paseo en bicicleta, porque es imposible adjetivar cuando a la noche le caben tantos y tan musicales adjetivos. Elegir uno que la enaltezca, que muestre su versión más sensible y, al mismo tiempo, lo sé, menos objetiva, es algo que ahora, hoy, en este aeropuerto y con tan pocas horas de sueño, es algo que no está a mi alcance.

viernes, 15 de julio de 2011

algo chiquito

Los optimistas suelen decir buen día y los optimistas pelotudos son los únicos capaces de decir buen día un lunes a la mañana. Yo, que hoy me hubiese quedado durmiendo hasta la hora de la merienda y que reniego de los trabajos que manejan las agujas de nuestro tiempo, digo apenas hola. Digo hola desde el 93, el bondi con el recorrido más largo, lento y accidentado del mundo. Hola, desde el 93, porque me compré un auto hace cuatro años y todavía no me lo entregaron. Hola, Romina. Hola. El hola cambia, o mejor dicho, cambia mi pulso (parece que estoy hablando, lo sé, pero estoy escribiendo), cuando al lado del hola escribo tu nombre. Entonces: hola Romina, hola Romina, hola Romina. Eso: muchos hola para vos y un beso, claro, de todos los que venimos amuchados en el 93.

viernes, 8 de abril de 2011

Una casa en blanco

No le quedan muchas noches de soledad a mi living. A mi living no le quedan muchas soledades compartidas conmigo. Tenía que ser así: este espacio, que a veces te recuerda y le parece verte sentado en el sillón, va a ser de otro que ni siquiera sabe tu nombre, que nunca te vio por acá ni sabe que cuando te reís se te achinan los ojos. No quedarán indicios de tu paso por aquí. Se volverá invisible lo que todavía, a veces, se hace visible. A mi baño sólo le quedará el recuerdo de la sorpresa por aquella tapa levantada. Pero nada más. Esta casa será, dentro de unos pocos días, una casa en blanco. Es mentira que quedará algo tuyo en ella. Tampoco queda algo tuyo en mí. Así tenía que ser, no?

miércoles, 26 de enero de 2011

Esos raros comienzos nuevos...

Es como cuando se corta la crema. Uno sabe que, para evitarlo, debe batir con suavidad, realizando movimientos envolventes en la misma dirección. Sin embargo, la posibilidad de que se corte está siempre ahí. A un movimiento brusco, a un movimiento al revés. y cuando se corta, zas, no hay solución.

Carmen está hablando de la relación de Nerina y Esteban. Pero antes de llegar a esa conclusión, habló y arriesgó otras premisas que incluyeron términos como “proyección”, “fobias”, “desequilibrio”, “duelo”. Porque los psicoanalistas son así, piensa Nerina: hablan de uno y de su entorno como si lo conociera, elaboran perfiles con la poca o mucha información que el paciente esté dispuesto a brindar (cómo empezó todo, cuándo, usted qué hizo al respecto) y todo termina de la misma manera: en un duelo. No importa si no resolviste con éxito el complejo de Edipo, si te destetaste a los once años o si estás enamorada de tu medio hermano. Abren un paréntesis adentro de otro paréntesis y concluyen en lo mismo. Una pérdida, una separación o una muerte (de un vínculo, de una realidad, de una planta o de una persona, da igual) trae aparejado un duelo. Y eso es precisamente lo que le espera a Nerina: un duelo. Ella todavía no lo sabe pero va a separarse de Esteban. Hasta que eso no suceda, no entiende de qué crema ni de qué duelo le están hablando.

martes, 30 de noviembre de 2010

Ahogo

No se lo preguntó nunca porque ella cree que esas cosas no se preguntan. Un poco por temor a la respuesta, otro poco porque cree en la palabra y sabe que esas cosas se dicen o no se dicen pero no se preguntan. No es de las mujeres que le preguntan a sus maridos si están lindas pero sí de las que desconfían cuando no escuchan eso de la boca del hombre amado. Si a ella se lo preguntaran, piensa, si él se lo preguntara, tal vez diría que sí. A pesar de eso, tampoco lo dice. Puede responderlo pero no decirlo. Y cada noche, cuando se acuestan juntos, piensa que está perdiendo una nueva oportunidad y toma aire, parece estar convencida, parece que va a hablar pero calla. Eso le provoca un leve ahogo que casi siempre se lo atribuye a su asma. Y después de eso se da vuelta, apaga el velador, dice buenas noches dulces sueños y cierra los ojos. Anoche fue distinto. Ella se acostó con él después de haberlo engañado y no tomó aire ni se ahogó ni lo saludó como siempre. Le preguntó: ¿me amas?

martes, 2 de noviembre de 2010

y

Fijate que yo no hablo de encuentros ni de circunstancias. No adjetivo, no comparo, no conjeturo. No me arrepiento, no digo que sí ni que no. Ni mejor ni peor. Te veo a la distancia y reflexiono. Cuánto te molesta haberte quedado sin tu lugar en la mesa.

martes, 19 de octubre de 2010

Maridaje

y resulta que ahora tu prosa es dedicada, que ahora decís (ni siquiera decís, insinuas, típico de vos) que dejamos de ser fuente de inspiración. Nosotras, que fuimos el mejor maridaje de tus palabras en rima, que hicimos de cada párrafo un enchastre divino, que te hicimos enojar y sacamos lo peor de vos, que es lo mejor, que creamos frases de colores, de caramelo, de alcohol, nosotras que te hicimos confesar para después retractarte, que escribimos sobre vos para que vos escribas sobre nosotras, que te sumergimos en la oscuridad que te hizo falta para escribir muchas de las páginas del libro de tu vida. Te gusta titular, vas a decir que estamos celosas. Una lástima que lo veas así. Lo que vos nunca entendiste es que la inspiración, tu inspiración fue, y va a ser siempre, la amante de tu prosa. Nosotras somos eso porque para eso nos creaste. Para ser lo sucio, lo prohibido, el suero de lo perverso. Para no ser destinatarias de tu prosa porque en el fondo sabías que jamás hubiésemos querido serlo.

miércoles, 4 de agosto de 2010

oferta + demanda + magia

“Te voy a explicar cuál es la tercera pata de la mesa humana. Yo te lo voy a explicar. Y luego déjame en paz. La vida es demanda y oferta, u oferta y demanda, todo se limita a eso, pero así no se puede vivir. Es necesaria una tercera pata para que la mesa no se desplome en los basurales de la historia, que a su vez se está desplomando permanentemente en los basurales del vacío. Así que toma nota. Ésta es la ecuación: oferta + demanda + magia. ¿Y qué es magia? Magia es épica y también es sexo y bruma dionisiaca y juego"
Bolaño (2666)

lunes, 26 de julio de 2010

El final

del cuento está muy cerca.

viernes, 7 de mayo de 2010

Placebo

Decís "la gente hablando se entiende". Ustedes no deben ser gente porque han hablado mucho y no llegaron a nada. ¿Alguna vez se habrán escuchado? La palabra nada suena mal, suena a insignificante, a vacío, a blanco, a interrupción. Pero la nada también es un destino. Y su nada, su destino, es distancia, silencio, melancolía por lo que no fue. Es recuerdo. Su nada es ésto: sangre por la herida, un poema sin terminar, el escalón desde el que la ves más alta, los colores, los broches, el insomnio. La verdad es que nunca coincidieron. Vos la esperaste y ella no llegó, ella no te esperó pero vos llegaste y ella se fue. Ella se fue y a vos te quedó incompleto el álbum de amantes de ego hipertrofiado y eso te dolió. Y ahora, mientras vos estás ahí, hablando de ella, haciendo reclamos infantiles, ella está acá, arrodillada (no la ves?), pidiendo perdón por no haberte dejado ser algo más que un placebo.

jueves, 15 de abril de 2010

No me lloraban los ojos del cansancio. ¿Acaso te lo creíste? Estaba llorando. No lloraba desde hacía meses. Lloraba gin. Lloraba impotencia. Lloraba miedo. Lloraba vergüenza. Lloraba melancolía. Lloraba adolescencia. Condicionales, lloraba. Malas decisiones. Lloraba destiempo. Lloraba deseo. Lloraba arcadas. Y también lloraba por vos: por vos y por mí. Di vuelta mis párpados y también lloré por ellos. Y después me tragué las lágrimas, todas las que pude, me hice buches de lágrimas hasta que me atraganté, y cuando me di cuenta de que vos no advertías mi llanto, paré.

lunes, 15 de marzo de 2010

Para tres

Lo que vos no entendés es que a mí no me importa.
Lo que ella no entiende es que a vos no te importa.
Lo que yo no entiendo es cómo alguna vez me quedé.

Lo que vos no entendés es que yo no voy a pedir nada.
Lo que ella no entiende es que vos no vas a dar nada.
Lo que yo no entiendo es cómo alguna vez esperé.

Lo que vos no entendés es que vas a sufrir.
Lo que ella no entiende es que va a sufrir.
Lo que yo sé es que no voy a sufrir.

viernes, 29 de enero de 2010

Bolaño responde el Proust

1. ¿Cuál es el defecto propio que deplora más?.
Yo soy una persona llena de defectos y todos son deplorables.


2. ¿Cuál es el defecto que usted deplora más en otros?.
La intransigencia, la prepotencia, la intolerancia.

3. ¿Cuál es su estado mental más común?.
En los lindes de la idiotez, como casi todos los seres humanos.


4.¿Cómo le gustaría morir?.
Haciendo el amor. (En realidad, a cualquiera le gustaría morir así.)


5. Si después de muerto debe volver a la Tierra, ¿convertido en qué persona o cosa usted regresaría?.

Un colibrí, que es el más pequeño de los pájaros y cuyo peso, en ocasiones, no llega a los dos gramos. La mesa de un escritor suizo. Un reptil del desierto de Sonora.

6. Y si pudiera elegir un personaje de ficción, ¿cuál escogería?.
Super Ratón. Bugs Bunny. Speedy González.

7. ¿Cuál es su mayor extravagancia?.
Mi gran colección de wargames de mesa y mi pequeña colección de wargames de computador.

8. ¿En qué ocasiones miente?.
Cuando hablo de pintura abstracta. Cuando hablo de poesía metafísica.

9. ¿Qué persona viva le inspira más desprecio?.
Son muchos y ya soy demasiado viejo como para establecer un ránking.

10. ¿A qué persona viva admira?.
Admiro a las madres y abuelas de la Plaza de Mayo. A gente como ellas.

11. ¿Qué palabras o frases usa más?.
"Joder" y "coño".

12. ¿Cuál es su idea de la felicidad perfecta?.
Mi felicidad imperfecta: estar con mi hijo y que él esté bien. La felicidad perfecta, o su búsqueda, engendra inmovilidad o campos de concentración.

13. ¿Cuál es su mayor miedo?.
Cualquier cosa que pueda hacerle daño a mi hijo.

14. ¿Cuál es su mayor remordimiento?.
Son muchos y se acuestan y levantan conmigo y escriben conmigo porque mis remordimientos saben escribir.

15. ¿Cuál es la virtud más sobrevalorada socialmente?.
El éxito, pero el éxito no es ninguna virtud, es sólo un accidente.

16. ¿Qué le disgusta más de su apariencia?.
A los 46 años, si algo me disgustara de mi apariencia sería un gilipollas. Todo me disgusta, pero lo asumo con resignación.

17. ¿Cuáles son sus nombres favoritos?.
De hombre, Lautaro. De mujer, Carolina, Lola, María. De perro, Laika,Duque, Popi.

18. ¿Qué talento desearía tener?.
Saber tocar la guitarra. Saber jugar al fútbol. Ser un buen jugador de billar.

19. ¿Qué le desagrada más?.
La mala educación.

20. ¿Cuándo y dónde ha sido más feliz?.
Yo he sido siempre feliz. Al menos, razonablemente feliz. Y en lugares y fechas en donde la felicidad no era precisamente lo que más abundaba.

21. Si pudiera, ¿qué cambiaría de su familia?.
Nada. Primero porque no puedo. Segundo porque es imposible.

22. ¿Cuál es su mayor logro?.
Mi mayor logro sería que mi hijo me recordara con cariño. Y que mis amigos y amigas, de vez en cuando, también. Pero eso es una batalla futura.


23. ¿Cuál es su posesión más atesorada?.
Mis libros.

24. ¿Cuál es la manifestación más clara de la miseria?.
Los niños que mueren de hambre, los que mueren por enfermedades fáciles de combatir, los niños que sufren abusos sexuales, los niños que tienen que trabajar, los que son maltratados por sus padres. La manifestación más clara de nuestra miseria y de nuestro fracaso como seres humanos es eso y es Auschwitz.

25. ¿Dónde desearía vivir?.
Si tuviera mucho dinero, en Andalucía, sin escribir ni hacer nada,pasarme el día en los bares y conversando.

26. ¿Cuál es su pasatiempo favorito?.
Ver videos hasta las cinco de la mañana.

27. ¿Cuál es la cualidad que usted aprecia más en una mujer?.
La inteligencia y la bondad, igual que en los hombres. En tercer lugar el humor, aunque si hay inteligencia y bondad el humor se da por añadidura.


28. ¿Cuál es la cualidad que usted aprecia más en un hombre?.
Vaya, creo que esta pregunta ya está respondida. Añadamos una cuarta cualidad, deseable pero no exigible: el valor.

29. ¿Cuál es su héroe de ficción favorito?.
Julien Sorel. El Pijoaparte de Marsé. Horacio Oliveira de Cortázar. El Superman de mi infancia. El atormentado Spiderman. Drácula. Sherlock Holmes. El padre Brown. Don Isidro Parodi. El Cristo de Elqui.


30. ¿Cuáles son sus héroes de la vida real?.
Los mismos que ya he mencionado. Añadiría a Misael Escuti y a Honorino Landa. Añadiría a Baudelaire y a Oscar Wilde.

domingo, 24 de enero de 2010

Un muestrario de culos prohibidos

Pedro Mairal es Mel Gibson en "Lo que ellas quieren", pero en el sentido literario. quiero decir: escribe lo que alguna vez nos imaginamos (o, al menos, lo que alguna vez imaginé yo) y lo hace de una manera quirúrgica, casi grotesca, imposible de no disfrutar. Un día estaba en la playa y me colgué con una pareja de unos cuarenti: ella, embarazada de por lo menos siete meses, y él, todo musculoso, más preocupado por broncearse que por atender a su mujer. Yo estaba al lado, con una microbikini, y pensé que debía ser una tortura para ese tipo tenerme al lado, semi desnuda e inaccesible. Tan de veinte, tan redonda. Lo peor es que después me sentí mal por el morbo de mi pensamiento, por la poca solidaridad que estaba teniendo con la mujer embarazada. Pero en fin. Mejor lean esto y aprendan: a los maridos hay que curtírselos, sobre todo, en verano.