martes, 16 de abril de 2013

Bicho canasto


Bicho Canasto       
                                                                                               Agustín Mario Ruiz Peña.
In memoriam
                                              
La primera vez que vi un muerto tenía quince años. El muerto. Yo tenía trece. De ese año, del noventa y ocho, sólo recuerdo ese día. Hago el intento, busco títulos de canciones, películas, ropa de moda (¿se usaría el vestido de jean?), y no encuentro. Nada. Soy incapaz de arriesgar qué materias aprobé y cuáles me llevé a diciembre. Tampoco sé a qué le tenía miedo, si es que a esa edad se le tiene miedo a algo. Sin embargo, me acuerdo de la charla que tuve con Agustín y de la apuesta que hicimos. Ahora que lo escribo me doy cuenta de que hubiese querido recordar todo el año y olvidar para siempre ése día, aunque después, más adelante, me contradiga. Recuerdo que era viernes porque a la noche daban Rompeportones, y que era fin de semana largo, porque veinticinco de mayo caía sábado. También que fue, ése, el único viernes de sol de aquel mayo.

La directora interrumpió la clase de geografía, en plena explicación sobre el movimiento de las placas tectónicas, para decir que necesitaba una alumna que hiciera de cocinera. El acto lo está organizando tercer año, dijo la directora, pero la que se había postulado para ese papel se enfermó. A las chicas de primero nos gustaban los chicos de tercero. Algunos fumaban, tenían pelo largo y aritos en las cejas que durante las clases se tapaban con curitas. En las horas libres las chicas de primero desfilábamos por el pasillo del aula de los de tercero y subíamos y bajábamos, una y otra vez, la escalera que daba a la puerta para que nos vieran las calzas que llevábamos debajo del Jumper. Todos los viernes, a la salida del colegio, solíamos quedarnos en el kiosco de la esquina para esperarlos e intentar hablar con ellos. Pocas veces lo conseguíamos: a los chicos de tercero les gustaban las chicas de quinto.

Fui la primera en levantar la mano y la última en sumarme al ensayo. Parecía el doble de grande el gimnasio: dos gimnasios de los de siempre. Era desconcertante verlo así: no había red y los aros de básquet estaban amontonados contra la puerta del baño. En el centro, unos bancos ordenados en forma de cruz, con bandejas de empanadas y pastelitos. El olor a frito se sentía desde el patio.

El ensayo era casi tan serio como la cara de nuestro rector: sobre el escenario, sentados alrededor de una mesa con un mantel rojo de una tela que encandilaba de tan brillante, estaban los cinco actores principales: Saavedra, Paso, Moreno, Belgrano y Castelli. Me costó identificar a Agustín: tenía patillas (parecían reales a pesar de ser maquillaje), saco negro y pañuelo blanco en el cuello. Pero no era el único con ese vestuario: todos parecían ser la misma persona. Lo reconocí por los hoyuelos al costado de la boca cuando me sonrió por primera vez. Era común escuchar hablar a mis compañeras sobre la sonrisa de Agustín: Agustín y sus hoyuelos, Agustín y su irresistible dulzura. A mí me parecía lindo, Agustín, pero decía ¡qué exageradas! cada vez que las escuchaba hablar de él y sus hoyuelos y su sonrisa. Y después de esa tarde, después de la sonrisa dedicada, mis compañeras dejaron de parecerme exageradas y ¡qué olor a frito! fue lo único que se me ocurrió decirle a Agustín cuando se acercó a hablarme. Lo había visto bajar del escenario y caminar hacia donde yo estaba. Pero creía que en algún momento iba a desviarse. Ahí viene, se desvía, viene para acá, se desvía, está por llegar, no se desvía. Se acerca y me sonríe. Por segunda vez. Después dice que él no siente olor a nada y me pregunta por qué estoy ahí, por qué participo del acto si estoy en primero y yo pensé en decirle la verdad, que estaba reemplazando a la cocinera porque se había enfermado, o mejor, que quería estar entre los de tercero, pero terminé diciéndole que me había colado en un casting que había improvisado la directora en el laboratorio y que había sido seleccionada para ese papel. Me pidió si podía guardarle un pastelito de membrillo. Le pregunté qué me daba a cambio. Agustín sonrió. Se le hicieron hoyuelos. Y en ese momento hicimos una apuesta.

Se acercaba la hora del acto y los cursos se iban ubicando por fila, de primero a quinto, frente al escenario. La primera fila estaba reservada para los directores. Los próceres repasaban la letra en bambalinas. Yo no repasaba nada porque mi papel era mudo. Lo único que tenía que hacer era  repartir pastelitos cuando todos firmaran el famoso acuerdo. Las maestras repartían escarapelas. El hijo de Nelly, la portera del turno mañana, se robaba las empanadas a escondidas y las vendía en el patio a un peso. Los padres de los chicos que actuaban hacían cola para ingresar al gimnasio y le compraban las empanadas al hijo de Nelly. Agustín estaba vivo y en ese momento era Castelli, y aunque Castelli estuviese muerto desde hacía doscientos años nadie sospechaba que dentro de cinco horas iba a morirse por segunda vez.    

Pasado el mediodía el acto había terminado: los próceres, contentos, las maestras, orgullosas, los alumnos, aburridos, las empanadas, vendidas. El hijo de Nelly, en penitencia. Las de primero ya estaban en el kiosco de la esquina esperando a los de tercero que tardaron en salir por las felicitaciones y el maquillaje. Los padres, amontonados en el portón verde, y las escarapelas y los alfileres desparramados por la vereda. Agustín y yo fuimos los últimos en salir y llegar al kiosco.

-¿Es verdad que te dicen bicho canasto?
-¿quién te dijo eso?
-ah, viste que es verdad.
-no es verdad
-¿y por qué te pusiste colorado?
-porque me da el sol
-Dale, bicho
-no me digas bicho
- ¿canastito?
-¡menos!
-bueno, no te enojes. Te queda lindo el apodo.
-me tengo que ir
-¿nos vemos el lunes?

Entre la una y las seis de la tarde mi recuerdo se parece al del resto del año. Hay un hueco y es blanco. Se desdibujan las caras y las voces. No hay música. Seis horas de película velada. Recuerdos como pedacitos de papel glasé que fueron hechos con un punzón demasiado irregular. La barrera baja, el sonido de la alarma, gente amontonada en la estación protestando por la demora del tren, el tren siempre se retrasa cuando uno está apurado, y siempre estamos apurados, cabezas que salen por las ventanillas del tren para ver qué pasa, y cinco minutos, diez minutos, veinte minutos y la barrera sigue estando baja y yo sólo quiero cruzar, ir de oeste a este, como todas las tardes, y pienso en hacerlo igual, en cruzar aunque la barrera esté baja y suene la alarma porque nosotros, los vecinos del barrio con división política, estamos acostumbrados a cruzar con la barrera baja, con la luz roja, con la alarma que no deja de sonar, porque seguro que se activó sola o antes de tiempo porque pasó lo mismo ayer y la semana pasada y ahora el tren está ahí, detenido en la estación y están los bomberos, hay un autobomba, y alarma de bomberos y avanzo y cruzo y el tren sigue detenido y llego al otro lado, al este, y me encuentro con esa chica linda de quinto que me dice ¿viste qué horror?

Le decían bicho canasto porque cuando nació era negrito y peludo pero yo no me enteré de eso hasta el día siguiente. Estar en el colegio un sábado a la mañana era raro. Pero más raro era ver una fotografía de Agustín y su nombre completo, Agustín Mario Ruiz, en un cartel pegado en el portón verde, y el kiosco cerrado y yo ahí, y Nelly con los ojos llorosos y sin su hijo; el dolor de panza y las ganas de vomitar, el mareo por el olor de las flores. Mi mano dejando una tira de mielcitas al lado del cajón.  

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