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sábado, 10 de septiembre de 2011

hace mucho tiempo que no escribo. Han pasado meses sin que yo viviera, y voy durando, entre la oficina y la fisiología, en un estancamiento íntimo, sin pensar ni sentir. Esto, desgraciadamente, es algo que no reposa: en la podredumbre hay fermentación.

Hace mucho tiempo que no sólo no escribo, si no que ni siquiera existo. Creo que apenas sueño. Las calles no son sino calles para mí. Hago el trabajo de la oficina sólo con conciencia de que lo hago, pero no diría sin distraerme, por detrás de esa conciencia estoy, no meditando sino durmiendo, otro siempre.

Hace mucho tiempo que no existo. Estoy tranquilísimo. Nadie me distingue de quién soy. Recién me sentí respirar como si hubiese practicado algo nuevo, o recuperado algo remoto. Empiezo a tener conciencia de tener conciencia. Tal vez mañana despierte a mí mismo y reanude el curso de mi existencia propia. No sé si, con eso, seré más feliz o menos feliz. No sé nada. Alzo mi cabeza de caminante y veo que, sobre la cuesta del Castillo, el poniente arde opuesto en decenas de ventanas, en una reverberación alta de fuego río. Alrededor de esos ojos de llama dura, la cuesta entera es un terso final del día. Puedo, al menos, sentirme triste y tener la conciencia de que, con mi tristeza, se cruzaron ahora -vistos con el oído- el sonido súbito del tranvía que pasa, la voz casual de los conversadores jóvenes, el susurro olvidado de la ciudad viva.

Hace mucho tiempo que no soy yo.

Fernando Pessoa, Libro del desasosiego.

miércoles, 31 de agosto de 2011

lunes, 22 de agosto de 2011

Terremoto en el mundillo literario

Cuando Tomas despotrica tiembla todo.

viernes, 29 de julio de 2011

Formas de volver a casa

De Alejandro Zambra. Se lee de una sentada. Al menos, en una de avión. Me gusta este chileno. Es la tercera novela que leo y siempre logra conmoverme.

lunes, 14 de marzo de 2011

La vidriera del sufrimiento masculino

Acabo de terminar Los Enamorados, de Alfred Hayes. Además de disfrutar cada oración, cada párrafo, cada página (por lo bien escrita que está, por lo cruda y conmovedora que es su prosa), me dio placer, debo confesarlo, leer sufrir a un hombre. Te da como una esperanza, una sensación de alivio, de paridad, aunque no sea del todo real. Ellos, cuando son abandonados, tampoco duermen. Ellos también creen ver al amor de su vida en el rostro de cualquier mujer. Ellos, cuando están solos, también tienen miedo. Ellos también extrañan. Pero ellos, a pesar de todo, a pesar de reconocer que amaron e imaginarse feliz al lado de tal o cual mujer son (no en todos los casos pero casi) cobardes, no se animan a confesar lo que sienten. No se animan a decirlo ni aún sabiendo que pueden volver a perderla. Y cuando sucede eso, cuando se quedan solos por no haber hablado o porque habló ella y dijo no va más, hacen el duelo, aceptan la situación con una mínima dósis de dramatismo, y se convencen de que, en realidad, no necesitan a ninguna mujer.

PD: Lo gracioso (ahora que lo pienso la palabra es predecible) es que subrayamos las mismas partes.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Viaje al fin de la noche.

domingo, 12 de septiembre de 2010

otro de autoayuda

Comer, garchar, amar.

lunes, 23 de agosto de 2010

Gentileza del gordo

El extranjero
Albert Camus

a-lu-ci-nan-te