domingo, 11 de septiembre de 2011

Resulta que me cago en mi horno (o sobre cómo fracasé haciendo un budín)

Me compro una procesadora Liliana y para estrenarla decido hacer el budín de mandarinas que le había prometido a mi novio algunas semanas atrás. La relación con Liliana fluye desde un principio. A ella parece no molestarle que, manual en mano, la arme y desarme, una y otra vez, hasta dejarla, firme, en su estructura y a mí me conmueve su amague de no funcionar (estaba desenchufada la pobre) y su vivaz arranque. Azúcar, mandarinas, huevos, aceite de girasol, todo junto, va y viene y se licúa y estrella contra las paredes voyeuristas de Liliana.



Mientras tanto, la cocinera (o sea yo) toma los recaudos necesarios para hornear el budín y no quemarlo en el intento. Es decir que miro la receta (decía cocinar a 180 grados durante 40 minutos) y acto seguido miro la perilla del horno (hasta ahora sin adjetivos) y hete aquí que no hay grados en mi perilla sino puntitos. Vaya a saber uno cuántos grados hay en cada puntito. Sigo buscando en el manual y encuentro una tabla que especifica grados según puntitos pero están divididos en 9 puntitos y mi perilla tiene 7 puntitos. Ergo: asumo que 180 grados es equivalente al puntito 4 y ahi va mi budín. A los cuarenta minutos, mi budín (que para esta altura debería lucir una brillante costra azucarada) está pálido y parece crudo. Meto el cuchillo, sale sucio. El budín está crudo. Pánico en la cocina. El budín está crudo. Interviene mi novio y tiene la prodigiosa idea de subir uno o dos puntitos el horno. Fastidiosa, accedo. Confío en él, sabe calculcar bien las porciones, por qué no la temperatura de un maldito horno. Diez minutos más. Abro el horno y ahí está, mi budín mulato. Repito la operación del cuchillo, meto y saco: crudo. Me detengo a reflexionar sobre las posibilidades de salvarlo a) dejarlo más implicaría que se queme del todo en la superficie y sea incomible b) sacarlo podría implicar que su corazón aún estuviese crudo. Lo saco. Lo desmoldo. Es uniforme y bello y huele sabrosísimo. Corto una feta en el medio, repitiendo para mí misma "ojalá que en esta parte esté cocido" y zas. Crudo. Corto otra feta en una punta. Crudo. Maldigo a mi horno y, de yapa, a todas las chicas jóvenes que no cocinan, por inútiles y porque no tienen que pasar por estos disgustos.



Durante dos o tres minutos miro con tristeza el budín que yace tajeado sobre la fuente que nunca llegó a lucirlo. Lo velo. Lo despido. Lo entierro en el fondo del tacho de basura.



Mientras escribo esto busco el número de teléfono de atención al cliente de Domec para llamar mañana y quejarme por la desinformación de sus manuales, la poca idea del que diseñó una perilla de horno con puntitos y no con grados, y avisarle que los voy a denunciar por el daño moral que me causaron, post mortem del budín, cuando tuve que decirle a mi novio que no había budín, que me perdone, que esta vez le había fallado.

1 comentario:

Paloma dijo...

Perla, los hornos son como las parejas, cada uno un mundo.